martes, 9 de agosto de 2005



No todo es negro en Villuercas e Ibores
Las dos comarcas luchan para desmentir la imagen de que el fuego se lo llevó todo, y muestran parajes verdes, donde la huella del incendio es imperceptible
PAISAJE DE CONTRASTES: NEGRO, PERO TAMBIÉN VERDE
ANTONIO J. ARMERO/CÁCERES

Paisajes verdes
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PARA HACERSE UNA IDEA
Términos municipales: Aldeacentenera, Alía, Berzocana, Cabañas del Castillo (Roturas, Retamosa y Solana), Campillo de Deleitosa, Cañamero, Castañar de Ibor, Garciaz, Garvín, Guadalupe, Higuera, Logrosán, Mesas de Ibor, Navalvillar de Ibor, Navezuelas, Peraleda de San Román, Robledollano, Romangordo, Valdecañas de Tajo, Valdelacasa de Tajo y Villar de Pedroso (Navatrasierra).Superficie: unas 260.000 hectáreas, de las que 67.800 son Zepa.Lo que se fue con el fuego: según la Junta, 12.217,89 hectáreas en Las Villuercas (Cañamero, Alía, Guadalupe y Valdecaballeros) y 2.306,09 en Los Ibores (Castañar y Navalvillar de Ibor, y Robledollano). Del total, 9.180 eran de arbolado: 2.832 de pino resinero, 52 de pino piñonero, 4.713 de árboles de la familia quercus (encinas, alcornoques y robles, sobre todo), 558 de eucalipto, 548 de castaño, 362 de arbustos y 115 de árboles de ribera (alisos, chopos y fresnos).
«La gente piensa que Villuercas ardió entera»
La Junta declara a 214 municipios de «alto riesgo» de incendios forestales
Pedro Alfonso Diosdado no pierde la perspectiva. «El incendio ha sido una catástrofe de dimensiones inimaginables, se ha quemado muchísimo, pero sin obviar esta realidad, es cierto que se ha salvado lo mejor del paisaje villuerquino».No es ningún mensaje publicitario, asegura el concejal de Cultura de Cañamero, sino la constatación de una evidencia tan cierta como que las noches del 21 al 24 de julio del año 2005 pasarán a la historia reciente de Las Villuercas y Los Ibores bajo el recuerdo de la negritud. Durante cuatro días, los vecinos mantuvieron la vista fija en la sierra, que al atardecer no devolvía más horizonte que un resplandor rojo, única luz sobre un ambiente de humo espeso y pavesas amenazantes. Tras ese crepúsculo funesto, la primera mañana una vez extinguido el peor incendio que haya padecido jamás el sureste de la provincia de Cáceres, los telediarios ya no hablaban de la zona en términos apocalípticos. Momento, pues, propicio para el balance. Según la Junta de Extremadura, el fuego devoró 12.200 hectáreas (9.900 en Las Villuercas) y 2.300 en Los Ibores), de las que 9.200 eran de arbolado. «Una catástrofe», repite Pedro Alfonso Diosdado antes de añadir el 'pero' optimista. Su análisis bien podría basarse también en las cifras: entre las dos comarcas ocupan unas 260.000 hectáreas, y sólo la Zepa (Zona de Especial Protección para las Aves), que reúne los parajes de mayor valor por su flora, fauna y paisaje, tiene 67.800.Un recorrido liviano por ellas permite comprobar que hay mucha ceniza, pero también muchos paisajes de una belleza sorprendente, donde se mezclan el bosque mediterráneo y el caducifóleo, algo difícil de encontrar en cualquier otro lugar de Europa. Allí, entre el verde a los pies y el azul en la lejanía, con el sonido de fondo de pájaros que trinan y el del agua que corre perezosa entre riscos, la huella del incendio es imperceptible.ENTRE CAÑAMERO Y GUADALUPEPor la EX-102, en una zona arrasadaEl desfiladero del río Ruecas: la angustia'Peligro abejas... 2-3'. En el cartel, colocado junto a un pino de escuálidas ramas y sin una sola piña, hay alguna palabra más, pero desapareció hace quince días. Veinte metros más allá, una hilera de colmenas tiradas en el suelo, destrozadas, y unas pocas abejas revoloteando sobre tres cajas que alguien trajo de otro lugar y colocó allí hace bien poco. «Tened cuidado con este ganado», avisa Pedro Alfonso Diosdado.El concejal de Cañamero invita a recorrer primero la zona quemada para certificar la magnitud del suceso, antes de comprobar, en la excursión posterior, que hay mucho territorio intacto. Lo mejor para hacerse una idea de qué pasó allí es viajar sin prisas por la carretera EX-102, en el tramo que une Cañamero y Guadalupe. Pedro Alfonso conduce su Nissan Patrol a no más de cincuenta kilómetros por hora. Apoya los codos en el volante y estira ahora el brazo derecho ahora el izquierdo para indicar las señales de «la catástrofe».A un lado, la Sierra de Belén. Al otro, la del Pimpollar. Y en medio, el río Ruecas. Es un paraje de nombre seductor, rotundo, novelesco: el desfiladero del Ruecas. Si cambiáramos las matrículas de los coches y pintáramos de amarillo las líneas sobre el asfalto, estaríamos en el oeste americano. «Este sitio, que es donde empezó el incendio, era espectacular, una maravilla, de lo mejor de Las Villuercas», asegura el conductor.No sólo eso. Además, por allí pasa casi todo el que va camino de Guadalupe, uno de los lugares de referencia para el turismo en Extremadura. Y lo que encuentran desde hace quince días es un paisaje deprimente, para el que valdrían todos los tópicos manidos aplicables a estos casos: espectacular, dantesco, pavoroso...El viaje llega a ser angustioso, de tanto negro. Hay negro a un lado, a otro, en la montaña, en el suelo, en los árboles, en las piedras, en el asfalto, en las señales de circulación, en los quitamiedos. En medio de ese desierto de vegetación muerta, a Pedro Alfonso le cuesta encontrar algún oasis. «Los alcornoques son muy resistentes al fuego y están abrasados -explica-, y los pinos que parecen estar bien porque mantienen la copa están destrozados igual que los demás, y en unos días estarán igual de mal que el resto. Esto está completamente arrasado... Los alisos, eso sí, estarán bien el año que viene, y la jara tardará tres o cuatro en volver a ser más o menos lo que fue, pero lo que no volveremos a ver en unas cuantas décadas es el bosque teníamos».Lo dice mientras pasa con el todoterreno junto a la 'Finca de los Davisinos' («no sé como se llama -admite-, pero aquí todo el mundo la conoce por ese nombre por sus dueños»). Fue repoblada con pinos a mediados del siglo XX, y esperaban que este año empezase a producir madera. Esa esperanza se ha desvanecido por completo, lo mismo que las perspectivas para el sector de la caza en la zona. «Aquí hay lugares en los que no se volverá a cazar en diez o quince años», vaticina el concejal, que aminora la marcha, abandona la carretera para enseñar las colmenas tiradas en el suelo y pasa junto al cadáver de un jabalí. El animal no tiene cabeza.EL CANCHO DEL FRESNODonde la naturaleza resucitaCharcos en pleno bosque: el olorHay que bajar la ventanilla. Pedro Alfonso Diosdado deja a un lado Cañamero, toma un camino de piedras y accede a un paraje inmaculado. Huele a jara, la vegetación es frondosa, el aire limpio y no se oye más que el chapoteo de un par de críos en el agua.Se han separado unos metros de los mayores, que descansan sobre toallas, bajo la sombra de uno de los cientos de árboles de cualquier especie que decoran el paraje. Es un charco natural, de agua cristalina y fresca. El concejal, que viste pantalón corto y camiseta y sube y baja la montaña como si tuviera su casa entre ellas, llega hasta lo alto del risco y desde allí muestra con orgullo un paisaje grandioso. El Ruecas corre entre sierras abiertas, después traza una curva a la izquierda y se pierde entre montañas verdes. Desde ese balcón, los bañistas de los dos charcos, uno pequeño y otro más largo, apto para hacerse unos largos sin darse codazos ni tener que ponerse el gorro que asfixia el cráneo, son manchas insignificantes en un mar de pinos. «Si el fuego llega a arrasar esta zona, tenemos que cerrar el pueblo», ironiza Diosdado.¿Por qué no llegó hasta allí? ¿Suerte, quizás? «Pues sí, más que nada fue suerte -reconoce-. Porque el viento iba hacia el otro lado, aunque en algún momento temimos que se metiera aquí. El primer día no, pero después, los helicópteros y aviones contra incendios sí que trabajaron bastante para resguardar esta zona. Los aviones tomaban agua del pantano de Logrosán. Cada minuto y medio entraba uno».La foto que cualquier aficionado puede tomar desde allí ya la tiene en su ordenador el concejal de Cultura. Y está también en la página web del Ayuntamiento, entre otras muchas que muestran los atractivos del entorno. Por ejemplo, las cuevas. A lo largo de siete kilómetros, paralelas al río, hay una docena de ellas, algunas con pinturas rupestres. «Más que cuevas son abrigos», matiza Pedro Alfonso antes de llegar a la 'Cueva de la Chiquita', que rememora la leyenda del 'dragón chiquita'. El pastor que metía a sus ovejas bajo la cuarcita del abrigo la crió y la tomó como una más, pero al volver de la guerra, fue devorado por ella.Es sólo una leyenda, lo mismo que la de las brujas villuerquinas que se reunían en la 'Mesa de las brujas', el dolmen del calcolítico que corona el Risco del Mirador, a media hora a pie del casco urbano de Cañamero, en el fondo del desfiladero del Ruecas.La tradición reúne cada año en ese lugar a paisanos y turistas, que acuden seducidos por una ceremonia nocturna envuelta en un halo de misterio. «El año pasado participaron 340 personas -recuerda Pedro Alfonso-, y este, 25».LAS TRES RUTAS SENDERISTASEl paisaje intactoEl pantano: la tranquilidadMás allá de las dos piscinas naturales del río Ruecas está la presa del Cancho del Fresno, que se abastece del pantano del mismo nombre. La peor sequía desde que el Instituto Nación de Meteorología tiene datos -o sea, al menos sesenta años- le ha dejado bajo mínimos. Sin embargo, para quien visita el lugar por primera vez, el paisaje no deja de sorprender por mucho líquido que falte. Es una postal. Más parece un cuadro hiperrealista pintado en una tarde primaveral por una mano inspirada. El cicerone de la excursión lo recorre por la pista forestal que discurre paralela al pantano. «Este es, probablemente, el lugar más bonito de Las Villuercas, y aquí no se percibe que haya habido un incendio para nada -comenta Pedro Alfonso-. La única huella es esa mancha que hay al fondo, junto al risco». Es una lengua que tiñe de negro una pequeña porción del monte. Lo gordo está al otro lado. Entre pinos, robles, alcornoques, quejigos, castaños, madroñas, jaras, lentiscos, brezos y retamas transcurren algunas de las marchas senderistas más populares de Las Villuercas y Los Ibores.Hay tres especialmente conocidas, que comparten Guadalupe como meta. Son la Ruta de La Molinera, que parte de Berzocana; la de Isabel La Católica, con salida en Cañamero; y la de Alfonso Onceno, que comienza en Navezuelas. «Las tres se pueden hacer de principio a fin sin percibir en absoluto que ha habido un incendio como el que hemos tenido», advierte.Refrenda su visión Enrique, el joven que trabaja sin camiseta a pleno sol, en el mediodía de un agosto castigador. Su familia es la propietaria de la casa rural 'Cancho del Fresno', ubicada en un lugar privilegiado, junto a la cola del pantano. «Está bien eso de que la gente se entere de que el incendio que ha habido en Las Villuercas no se lo ha llevado todo -reflexiona-, que aquí hay sitios que están igual que antes».EN EL ENTORNO DE ALÍAEn plena ZepaLos buitresHay lugares, es verdad, que están como antes. Siguen como hace cincuenta años. O cien. Más al norte que Cañamero, tras dejar Guadalupe y seguir por la EX-102 en dirección al límite entre las provincias de Cáceres y Toledo, está Alía. A las cuatro de la tarde y con 42 grados según el coche, parece lógico que no haya un alma en la calle. Al rato, dos chicas, cada una con una toalla al hombro, certifican la presencia humana.La de animales quedó clara hace rato, con alguna liebre que cruza airosa la carretera serpenteante. Y lo vuelve a hacer después, en el mirador levantado a pie de asfalto, en plena Sierra del Hospital del Obispo, poco antes de salvar el río Guadarranque. Estamos en plena Zepa de Villuercas-Ibores, tal como dice un panel informativo, en el que aparecen dibujados un corzo, una cigüeña negra, un mirlo acuático...Sin embargo, lo que sobrevuela las cabezas de quienes paran en el mirador son buitres, inquilinos de una cueva que desde el mirador parece poder tocarse con la mano. No se oye el movimiento de sus alas porque tiene más fuerza el zumbido de electricidad que corre por las líneas de alta tensión. Atraviesan toda la sierra y se pierden en el horizonte, en dirección a los Montes de Toledo. Cuentan que el día antes de esta excursión, desde allí se podía ver perfectamente una columna de humo, cerca de la localidad de manchega de Sevilleja de La Jara. Quizás ese horizonte oscuro hizo revivir a los vecinos de Las Villuercas y Los Ibores los días de helicópteros, hidroaviones, camiones de bomberos y hombres con walkie-talkie. O quizás no, porque andaban perdidos en el bosque. Puede que andaran buscando una sombra bajo la que leer el párrafo de Unamuno: «... bajamos por medio de los más espesos y frondosos bosques que en mi vida he gozado».